De Sicilia a las estrellas: el italiano Davide Marotta pone la biofabricación en órbita
Este investigador aprovecha su experiencia previa al frente de varios proyectos de biofabricación en el Laboratorio Nacional de la EEI para promover nuevas sinergias entre los principales actores de la industria
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En un momento en el que todo el mundo compite por redefinir los límites de la ciencia, la trayectoria de Davide Marotta en el sector aeroespacial puede calificarse de cualquier cosa menos de convencional. Desde su ciudad natal, enclavada entre antiguas catedrales y la costa mediterránea, ascendió —tanto a nivel intelectual como de forma literal— a la órbita terrestre inferior, hasta convertirse en una figura central para impulsar la revolución biomédica a bordo de la Estación Espacial Internacional (EEI). Como parte de su trabajo para el Laboratorio Nacional de la Estación, ha sido responsable de buena parte de los proyectos de biofabricación espacial que se han desarrollado en los últimos años.
La trayectoria académica de Marotta comenzó en su ciudad natal, donde cursó estudios de biología molecular y celular en la Universidad de Palermo. Su decisión de trasladarse a Londres marcó el inicio de su carrera internacional. Posteriormente obtuvo un máster y un doctorado en el University College de Londres, donde decidió dedicarse de lleno a la investigación sobre enfermedades neurodegenerativas. Tras su estancia en Londres y Nueva York, su trabajo en la New York Stem Cell Foundation supuso un punto de inflexión. En esta institución, tuvo ocasión de experimentar con los organoides cerebrales, unas estructuras tridimensionales similares al cerebro y obtenidas a partir de células de pacientes, con el fin de estudiar enfermedades como el párkinson y el alzhéimer. Este trabajo fundacional fue la base de un ambicioso proyecto, que surgió cuando uno de sus colaboradores sugirió la idea de enviar estos organoides al espacio. En un primer momento, la idea parecía totalmente descabellada, pero poco después terminó haciéndose realidad. Marotta contribuyó a dirigir cinco misiones distintas a la EEI e ideó un nuevo método para cultivar organoides cerebrales en condiciones de microgravedad utilizando un sistema que él y su equipo habían desarrollado desde cero. El resultado fue un descubrimiento revolucionario: las células cerebrales maduran más rápido y alcanzan un estadio más avanzado en el espacio. Este hallazgo puede tener un impacto enorme en el descubrimiento de nuevos fármacos y la investigación neurológica.
La última frontera
Estos avances despertaron el interés del Laboratorio Nacional de la EEI, que terminó nombrando a Marotta como nuevo director del programa de biofabricación espacial. Tras su incorporación al puesto, se encargó de supervisar proyectos de investigación por valor de más de 58 millones de dólares, en el marco de los cuales se llevaron a cabo estudios de investigación enormemente complejos para estudiar el modo en el que la microgravedad puede mejorar la ingeniería de tejidos, la medicina regenerativa y los tratamientos contra el cáncer. Entre las responsabilidades de Marotta como director se encontraba la de unir a las personas en torno a una misión común. Uno de sus principales objetivos era derribar las barreras que separan el mundo académico, las startups y los colaboradores comerciales. Con este fin, Marotta decidió fundar una red internacional de centros de innovación que conectara organizaciones de Estados Unidos, Ecuador, Arabia Saudita, Italia y otros países. Estas colaboraciones han contribuido a forjar auténticas alianzas, a desarrollar nuevos métodos científicos y a descubrir posibles terapias que algún día podrían salvar vidas.
Marotta también ha contribuido a apoyar la carrera de astronautas y científicos procedentes de entornos minoritarios. En este contexto, ha colaborado codo con codo con figuras como Rayyanah Barnawi, la primera mujer saudí en viajar al espacio. Barnawi participó como especialista de misión en la segunda misión privada de Axiom Space a la EEI. Ella y la comandante Peggy Whitson, exastronauta de la NASA, colaboraron en el proyecto contra el cáncer dirigido por la Dra. Catriona Jamieson, del Sanford Stem Cell Institute de la UCSD.
Además de sus labores de dirección, Marotta ha jugado un papel fundamental a la hora de impulsar algunos de los programas más revolucionarios en el ámbito de la bioimpresión en órbita. Ha trabajado con empresas como Redwire para desarrollar meniscos y tejido cardíaco bioimpresos, así como con la Universidad de Wake Forest, donde ha colaborado en la vascularización del hígado y los riñones. En condiciones de microgravedad, dado que las células no se asientan ni se comprimen por el peso, los investigadores han logrado desarrollar estos tejidos de una forma más uniforme y efectiva. También ha contribuido al proyecto de LambdaVision, la empresa que está desarrollando una tecnología de impresión capaz de restaurar los tejidos retinianos. En el espacio, donde no hay convección ni vibraciones en el aire, los científicos podrían llegar a apilar más de 200 nanocapas de material retiniano sin ningún tipo de error, algo que en la Tierra sería prácticamente imposible debido a la inestabilidad de los procesos de depósito por capas. Estos avances no son mera ciencia ficción, sino que se están llevando a cabo alrededor de nuestro planeta en este preciso instante.
En uno de los proyectos más prometedores, Marotta ha colaborado con la Dra. Catriona Jamieson y el Stanford Stem Cell Institute para desarrollar el fármaco anticancerígeno rebecsinib, que ya ha sido probado en organoides tumorales impresos en 3D en la EEI. Esta sustancia, que actúa sobre una molécula llamada ADAR1, ha recibido la autorización de la FDA como fármaco experimental y está previsto que entre en la fase de ensayos clínicos en 2025. Este logro demuestra que la investigación biomédica espacial no solo es factible, sino que ya ofrece el potencial necesario para salvar vidas.
La imperiosa necesidad de seguir innovando
A pesar de esta largo lista de éxitos, el trabajo de Marotta está lejos de terminar. Dado que está previsto que la EEI salga de órbita en 2030 —y posiblemente antes debido a los recortes presupuestarios—, el futuro de la biofabricación espacial pende de un hilo. Sin un sustituto en órbita, las startups, los investigadores y las empresas biotecnológicas que dependen de las infraestructuras espaciales para llevar a cabo actividades críticas de I+D podrían verse abocadas a su desaparición. Aunque las estaciones comerciales, como las de Vast y Axiom, están trabajando para llenar ese vacío, el tiempo se acaba. Y, como señala Marotta, si Occidente vacila, la estación Tian Gong de China está más que dispuesta a asumir el liderazgo. En tan solo unos años, el programa espacial chino ha realizado avances increíbles en el campo de la investigación biomédica y ya ha logrado superar a sus homólogos occidentales en algunos ámbitos.
Para Marotta, la solución está clara: continuar invirtiendo, acelerar el lanzamiento de las plataformas espaciales comerciales y lograr un mayor compromiso por parte de los gobiernos y la industria privada para tratar la investigación espacial como una infraestructura vital. Uno de los sueños de Marotta sería llegar a colaborar con la NASA o la ESA, e incluso desempeñar el cargo de enlace global para coordinar a nivel internacional los proyectos conjuntos de investigación biomédica en órbita.
Además de su faceta científica, Marotta también es escritor. En su último libro, The Gravity of Innovation, reflexiona sobre las razones por las que el espacio no solo es la última frontera, sino también el escenario de la próxima gran revolución industrial. El libro defiende de forma muy convincente la tesis de que las instalaciones científicas en órbita no son una simple curiosidad, sino una herramienta fundamental para el progreso humano. Su mensaje es sencillo pero contundente: el objetivo de la investigación espacial debe seguir siendo ayudar alas personas.
Incluso después de dejar su cargo en el Laboratorio Nacional de la EEI, Marotta continúa apoyando a startups y equipos de investigación, a menudo de forma totalmente desinteresada, porque considera que el trabajo es demasiado importante como para tirar la toalla. Su compromiso es mantener vivo este campo, ayudar a la próxima generación de científicos y asegurarse de que los beneficios de las investigaciones sobre microgravedad siguen estando al alcance de todos.
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